MEDITEMOS CON LA MADRE CLARA

 

«María se puso en camino en aquellos días y se fue aprisa a la montaña a una ciudad de Judá» (Lc 1, 39). El amor que le comunicaba Aquél a quien ella llevaba en el corazón y que había venido a redimir a todos y hacerlos felices, ese amor quería que también los demás participasen de su felicidad, de su alegría. Y así se fue a visitar a sus parientes... María dejó, pues, el tranquilo aposento de Nazaret y se puso en camino por amor a Dios y al prójimo. Pero a donde quiera que se dirija, lleva consigo su supremo tesoro. Él es su posesión, nadie se lo podrá robar, y así teniéndolo tan próximo a ella, todo lo que ella hace queda bendecido, cada una de sus acciones santificadas, cada uno de sus pasos guiados. Aunque la voluntad de su Dios la conduce afuera, hacia los hombres, su corazón, sin embargo, se queda con el Amado, que está siempre con ella y la acompaña a todas partes. Aquí tenemos el más alto ejemplo de santidad: también a nosotros nos llama hacia fuera la voluntad de nuestro Dios, también a nosotros nos encomienda servir y asistir a los pobres, a los redimidos del Señor. Pero este mismo Señor que nos llama a la actividad quiere también estar con y junto a nosotros, para guiar todos nuestros caminos y bendecir todas nuestras obras. No desperdiciemos ocasión de estar con Él y acordémonos de su constante presencia, pues por ella nos llegará en abundante medida ayuda, fuerza y consuelo (Meditaciones Beata Clara del Niño Jesús Pobre).